Ya sabéis lo que esto significa; ¡que no todo está acabado! Sigo en:
http://nereilargian.blogspot.com/
Que significa Canadá desde mis ojos. Leku honetan ikusi ta biziko dotazen gauza guztixak idazten saiatuko naz. Hasiera baten erderaz idatziko dot ze gurot hau ezagutzen doten danei heltzia, beraz, parkatu euskeraz irakurtzia gustatuko zatzuen guztixei. Denbora badaukot itzuliko dot. En principio escribiré en castellano pa ke todo el público pueda entenderme;si después tengo tiempo ya lo iré traduciendo.
Ya sabéis lo que esto significa; ¡que no todo está acabado! Sigo en:
Pues esto ha sido todo por este blog. Espero hayáis disfrutado con su lectura. Lo empecé a escribir para contaros cómo marchaba mi vida en Canadá. Y la experiencia acabó. Acabó también el año, y como dice el dicho “año nuevo, vida nueva”; quíen sabe, a lo mejor también “blog nuevo”. No me he decidido todavía porque no sé si tendría muchas cosas que contaros... aunque a mí lo que me cuesta es empezar; una vez que cojo carrerilla no hay quien me pare.
En fin, en caso de que comience a escribir otra vez os lo haré saber, bien posteándolo en este blog, o bien mandándoos un mail masivo con la nueva dirección.
¡GRACIAS A TODOS!
Sábado, 22 de diciembre:
El viaje de vuelta parecía que no iba a terminar nunca: fue largo e incómodo. Pero por fin aterrizamos en Madrid a la una del mediodía. Entramos en una terminal y tuvimos que coger el metro, no sé cuántos ascensores y caminar no sé cuántos kilómetros hasta llegar a la terminal donde cada cual volaría separadamente hacia su casa. Mientras esperábamos, nos comimos un bocadillo de jamón serrano (¡maravilla de la ciencia!) y llamamos a nuestras respectivas familias para decir que ya estábamos en los madriles y que en seguida saldrían nuestros vuelos hacia ellas.
Mi ama respondió al teléfono con un “bazauz ia Madrilen?” (¿ya estás en Madrid?) antes de yo decir nada, y la mano con la que sujetaba el auricular me tembló de alegría, de estar ya tan cerquita de ella. Seguimos charlando y escuché a mi hermana que por detrás estaba chillando “Ama, esaiozu loterixia tokau zakula!” (¡Ama, dile que nos ha tocau la lotería!), y yo, incrédula, le pregunté a ver qué era lo que estaba diciendo Ane. “Sí, majita, yo ya sabía que este año ibas a llegar con el gordo debajo del brazo”. Yo estaba flipando. Me contaron que tocó el gordo en la sociedad de mi aita y que nos llevábamos un buen pellizco. Yo, ya no cabía en mí de todas las sensaciones que se me agolpaban en el alma.
De todas formas, si os digo la verdad, a la larga, me he dado cuenta de que no me hizo toda la ilusión que me tuvo que haber causado aquel suceso tan inusitado, por el simple hecho de que la emoción de volver a mi tierra dejaba a todo lo demás por el suelo, sin importancia, era algo secundario: una buena noticia, sí, pero totalmente secundario.
Cuando llegó la hora de embarque, Antonio y yo nos dijimos hasta la próxima y tomamos cada cual su camino. Desde el momento que llegué a Sainte Adèle, hacía 19 meses, había compartido con él un montón aventuras, buenos momentos y nuestros enfados... si alguien invitaba a uno de los dos, sabía que, automáticamente, ambos íbamos en el mismo lote. En fin, he encontrado en él un gran amigo.
En la cola de embarque ya empecé a sentirme entre mi gente... pues vi a una cuadrilla de señores a los que no me costaba imaginar con un txikito en la mano, y gente joven, supongo que como a mí, a la que se le nota desde leguas que son euskaldunes. De hecho me entró en la cabeza la paranoya de que algunos de los que formaban la cuadrilla trabajaba en la tele, porque alguna cara se me hacía conocida. La casualidad hizo que en el avión me tocara sentarme al lado de uno de ellos. Y yo comencé la charla. Cuando supo que era de Elorrio, me dijo “¡mira! ¡como Txirri! ¿no le conoces a ese de ahí? También él es elorriano”. ¡Acabáramos! Fue por eso que algo se me hacía familiar.
Total, aterricé en Bilbo pasadas las cinco de la tarde. Cuando salí del avión note que unas lágrimas de felicidad luchaban por salir; ya estaba en casa. Sin embargo, me contuve. Bajé las escaleras hacia la zona donde se recogen las maletas y frente a la cual hay una inmensa cristalera desde donde quienquiera que vaya a recoger al que llega puede tener un primer contacto visual. En seguida reconocí a mi ama, mi aita y Ane. Me saludaban con las manos y las primeras lágrimas recorrieron mis mejillas. Luego también observé que mi tía Marivi estaba allí, y creo recordar que Aroa también.
Recogí las maletas y salí de allí con el corazón en la boca. Una vez fuera, a la primera que vi, fue a mi ama... nos abrazamos y lloré. Solo de rememorar el momento, me vuelven a brotar las lagrimillas... ¡Qué bien se estaba allí! Después vi a Ane y a mi aita. Yo no podía dejar de llorar. Por mucho que me secara los ojos, el simple hecho de saberme en mi familia, hacía que se me humedecieran de nuevo. Saludé a mi tía Marivi, a Aroa, a mi tía Arrate y a Matxalen, la chiquitina de las Zubiaga... ¡Qué alegría! ¡Tanta gente esperando a que llegara!
Y me esperaba aún una sorpresa más grande. Detrás de toda la gente a la que ya había saludado estaban Maider, Oihana y Eneritz sujetando un cartel que decía “ITSASONTZI BATEN NARAMATE KANADATIK ELORRIXORA. ONGIETORRI!” y Jose de fotógrafo. Aquello sí que no me lo esperaba. Allí estaban mis amigas y amigo mirando con gesto de preocupación por las lágrimas que no dejaban de brotar de mis ojos y sin saber qué decir, pregúntandome que qué tal estaba, y aún teniendo inmensas ganas de estar conmigo de inmediato, diciéndome “lasai, egon familixiaz, gero egongo ga ta” (tranquila, estate con la familia, que luego ya estaremos). Recogí el cartel y me metí en el coche de mi aita.
De camino a Elorrio, les conté a los tres algunas de mis aventuras caribeñas y ellos me iban poniendo al día. No me entraba en la cabeza que hubiera estado casi dos años sin haberlos visto. Y, de repente, me sentí protegida, y me hice más pequeña. Pero estaba infinitamente feliz de estar, por fin, de vuelta en casa.
Para cenar aita hizo un revuelto de hongos que se caga la perra, de esos que no había probado en tan largo periodo, ¡hecho con huevos de la txabola! Ongietorri a la cocina de Lontxo.
Después de saciar el hambre, Ane, Txabi y yo bajamos a la plaza para juntarnos con Mai, Oiha, Ene, Jose e Iñaki. Hicimos tiempo bebiendo San Migueles y Kalimotxos mientras estos cenaban y, como no podía ser de otra manera, empezamos con el poteo. Nos reímos y nos abrazamos, intentado recuperar todo el tiempo que no habíamos estado juntas, y bailamos y charlamos hasta que casi se hizo de día. La verdad, es que entre todas no somos capaces de hacer un hilo de acontecimientos que siguieron aquella noche. Eso sí, disfrutamos juntas como no lo habíamos hecho hacia muuuucho tiempo.
Y, en fin, pasaron las Navidades, llegó el nuevo año, y aquí estoy, sintiédome cada día más feliz y más agusto. Haciendo mi huequito en este pueblo que dejé por razones variopintas hace ya ocho años. Se dice pronto. Pero, si os digo la verdad, no me está costando nada, va todo suave como la mantequilla. Y, todo, gracias a la familia que me mima, y mis amigas que me lo han querido dar todo con sus gestos y palabras.
¡Qué suerte de vida que tengo!
Viernes, 21 de diciembre:
A eso de las nueve de la mañana el ruido matutino cubano nos despertó por última vez en aquel pedazo de viaje que nos habíamos pegado. Irene ya se había marchado, porque cogía el autobús de regreso a Santiago muy prontito por la mañana. Cogimos nuestras mochilas y caminamos hasta la misma cafetería en la que habíamos desayunado el día anterior.
De allí fuimos hasta el Capitolio donde cogeríamos el autobús que nos llevaría a Guanabo. Cuando preguntamos que de dónde salía la guagua 400 nos mandaron para otro sitio. Mientras íbamos hacia donde nos habían dicho, el bus 400 pasó por delante nuestro y aparcó a nuestra vera. Sin creer demasiado en la suerte que habíamos tenido, nos montamos en él y tomamos asiento. Y, exactamente, nos habíamos subido al bus cuando iba hacia su destino final en La Habana. Total, una vez que echó el freno, bajamos del vehículo y observamos aterrados la pedazo cola que había para volver a entrar... Se llenó aquel bus y el siguiente, y nosotros parecíamos no avanzar en la hilera de gente. En aquel momento decidimos que éramos lo suficientemente chulos como para cogernos un coche de esos ilegales para que nos llevaran a nuestro destino. Y así lo hicimos.
Zoila nos dio una bienvenida sonriente y nosotros la felicitamos, pues era su cumpleaños. Tras charlar con ella, su hermana, Yolanda y su sobrina, bajamos a la mar, para disfrutar por última vez de las Playas del Este.
Cuando empezó a refrescar el ambiente, regresamos a casa de los Galeano a darnos una duchita a cubazos de agua medio salada, conversar otro rato con aquella buena gente y despedirnos de ellos. Llamamos a un taxi, que nos recogió a nosotros y a todos nuestros bártulos, que no eran pocos ni ligeros... De camino al aeropuerto también hizo otra parada para subir al asiento del copiloto a otro acompañante: ¡un guanajo (que traducido es un pavo)! Lo había comprado para la cena de Nochebuena, y nos acompañó hasta el fin de nuestro trayecto cubano.
Tras hacer los chancullos necesarios para poder facturar todo el equipaje que llevábamos, dejamos los maletones en la cinta que los guiaría hasta el maletero del avión y de allí hasta nuestros destinos finales: Valencia y Bilbo. Hasta la hora de embarque quedaba todavía mucho tiempo y se nos ocurrió tomarnos nuestras últimas Bucaneros para mantener la calma del personal. Con lo que no habíamos contado era con que los bares de los aeropuertos son MUY caros... por lo que no nos dio ni para un par de tragos para cada uno.
Embarcamos finalmente a las 22.25 y el avión dejó de tocar suelo de Cuba a las 23.15. Ahora empezaba la cuenta atrás para ver a mi ama, mi aita, Ane... ¡a toda mi gente! ¡Qué nerviosismo! ¡qué emoción!
Jueves, 20 de diciembre:
Nos despertamos una vez más en la capital cubana. Caminamos por el Vedado hasta que encontramos una cafetería donde nos dieran de desayunar. Una vez satisfechas nuestras tripas cogimos un taxi hasta el Museo de la Revolución. Pasamos casi toda la mañana ojeando todo lo que allí se exponía: recortes de prensa, ropas y objetos personales de los guerrilleros revolucionarios, armas, bustos, tanques “caseros”, trozos de aviones americanos abatidos... y el famoso Granma, yate en el que llegó Fidel a Cuba para hacer la Revolución.
Salimos de allí saturados de tanta información y no se nos ocurrió mejor solución que ir a La Bodeguita del Medio a refrescar nuestras mentes y, de paso, a almorzar. La recomendación de Hemingway colgada al otro lado de la barra nos convenció para que nos tomaramos unos mojitos en aquel lugar. Nos los bebimos mientras nos fumábamos unos Habanos Romeo y Julieta, que ya nos dijeron que para principiantes como nosotros eran más facilitos de fumar. En eso estábamos cuando se me acercó un señor mayor, muy majo, y me preguntó por mi nombre. Al decírselo me preguntó si era euskalduna a lo que respondí afirmativamente con visible alegría. Me preguntó también si tenía novio y desapareció sin dar ninguna pista más. Al de un minuto ya se me había olvidado el tema, pero al de cinco, apareció con un papel en el que me había escrito lo siguiente:
“EIDEL SI TU ERES SOLTERA
MULTIPLICAS TU VALOR
PORQUE PASAS A SER FLOR
DE UNA ETERNA PRIMAVERA
YO SE QUE UN VASCO TE ESPERA
CON EL CALOR DEL VERANO
Y ALLA EN TU PAIS HERMANO
PODRÁS DECIR ¿POR QUE NO?
QUE EN LA HABANA TE ESCRIBIO
UN BERTSOLARI CUBANO”
ESKARRIK ASCKO.
Orlando Laguardia, Poeta de la Bodeguita del Medio.
Salimos de allí a estirar un poco las piernas y a que nos diera la agradable brisa en la cara. Nos sentamos en una terraza en la Plaza de la Catedral a disfrutar de aquel invierno tan veraniego, mientras obsevábamos como un grupo de jóvenes habaneros ensayaban en un tablado su actuación de teatro y baile flamenco. Por desgracia yo no sé mucho de flamenco, pero puedo decir que lo hacían bastante bien.
Después de cenar, nos acercamos al Castillo del Morro con la intención de ver el famoso cañonazo de las nueve. Hubo una pequeña representación de unos soldaditos desfilando hasta donde se encontraba el cañón, su poquito de movimientos de armas, y carga y encendido del mismo. A la voz de “Apunteeeen... ¡fuego!” el estruendoso cañonazo salió disparado y la función acabó. Toda la gente que se había congregado para ver u oir el cañonazo, se disipó como por arte de magia. Nosotros hicimos idem de lo mismo. Taxi, y para casita a dormir la mona. Aquella iba a ser nuestra última noche en tierras comunistas pero, no sentía tristeza, sino emoción de volver a casa. Me sentía extremadamente alterada, nerviosa y feliz por la idea de volver a ver a mi familia y mis amigos: de volver a Elorrio, nere bihotzeko herria.
Foto 1: Tomada desde la puerta de nuestra habitación en el Hotel Sun Beach.
Fotos 2, 3 y 4: Irene, Dieter y yo disfrutando del “playismo” caribeño.
Foto 5: Quinteto Nuevo Son en el Bar de Benny.
De lunes, 17 de diciembre a miércoles, 19 del mismo mes:
¡A vivir las vacaciones del turista lujoso! De la habitación al bar, del bar a la playa y al chiringuito de la playa, paseos interminables por la larga y alucinante costa de Varadero, de la playa a la piscina, de la piscina al bar, del bar a la playa... Y, además, gastando bastante menos que la media que veníamos gastando durante todo el viaje. Bueno, hay que decir también que la comida del restaurante y la pizzas dejaban bastante que desear (aunque también es verdad que los desayunos eran buenos y abundantes), pero no podíamos pedir más con el precio que habíamos pagado por todo aquello (es como comprar unas chancletas en el dollarama y esperar que no se rompan en el momento más inoportuno): ¡yo, por mi parte, para compensar la mala comida, bebí tantos cubatas, que el camarero del chiringuito nada más me veía aparecer se reía y me servía el trago sin yo decir ni mu, mientras me halagaba con cualquier piropo cubano! Aquello era vida, señoras.
En fin, ¿para qué queríamos más? Pasamos los cuatro días con sus tres noches sin dar tumbos, relajándonos en el Caribe, haciendo amigos, escuchando música cubana y tomando el sol (ya de por sí extraño si tenemos en cuenta que era invierno).
Domingo, 16 de diciembre:
El taxista vino a buscarnos a las 7.50 de la mañana. Yo ni desayuné ni nada porque tenía un resacón de caballo que metía miedo. Mis pupilas solo querían dormir y mi estómago no aceptaba ningún tipo de ingesta. Entré en el coche y me quedé frita hasta que llegamos a la ciudad de Santa Clara, donde el taxista nos hizo dos paradas de rigor: el monumento al ferrocarril blindado y el museo del Che. El primero erigido para conmemorar la acción rebelde del grupo encabezado por el Che: triunfo de cuando asaltaron y tomaron el tren blindado de la tiranía de Batista. Y, el segundo, Complejo Escultórico Memorial Ernesto Guevara, donde reposan sus restos mortales junto a los de otros guerrilleros revolucionarios.
Llegamos a Varadero a eso de las tres de la tarde. Habíamos hecho la reserva del Hotel Sun Beach por Internet y habíamos leído que estaba todo incluído; sin embargo, no sabíamos a qué se refería eso de “todo”. Pagamos algo así como 30 CUC por noche, por cabeza, lo que no nos parecía nada caro. Nada más entrar, en recepción nos pusieron la bendita pulserita y nos explicaron que teníamos derecho a consumir (comer y beber) lo que nos diese la gana dentro del restaurante-bufé, o pizzería, o los tres bares del recinto del hotel, o el chiringuito de la playa, durante las 24 horas del día. ¡No nos lo podíamos creer! Yo, personalmente nunca, jamás, había estado en una situación de esas. ¡Cómo lo flipe! La verdad es que íbamos hacia nuestra habitación con una cara de felicidad los tres, que casi no nos entraba la boca en la cara.
Bajamos a comer algo antes de echar la ansiada siesta y conocimos a Dieter, un alemán loco que nos acompaño tanto ese día (y noche), como los siguientes días de estancia en el hotel. Por la noche, después de cenar, tuvimos un espectáculo de salsa y reggeatón en el bar de barra libre.
Una sensación de bienestar y calma me envolvía el alma solo de saber que íbamos a estar allí, en aquellas maravillosas condiciones, tres días más...
Sábado sabadete, 15 de diciembre:
Aprovechamos la mañana para pasearnos por el pueblo y conocer sus calles y plazas. Trinidad es un pueblo de casas no muy altas. Las viejas calles no están asfaltadas, sino empedradas o, simplemente, embarradas. Llama mucho la atención de los turistas el hecho de que caminando por sus calles de noche se ve el cielo; consecuencia de que no hay farolas y todo está oscuro. Los guajiros que cabalgan de un lado para otro. En cualquier esquina grupos de hombres y muchachos jugando ruidosamente al dominó. Un pueblo verdaderamente acogedor y bonito.
Después de almorzar, nos pusimos el equipo playero y nos fuimos a la playa de Ancón. Una playa muy grande y mucho más “turistificada” que la que visitamos ayer. La arena es muy muy fina y blanca, y no hay nada de roca en la orilla. Se nos fue la tarde entre baños, cubatazos y una agradable charla con Henry, un chico rastas que se nos acercó al ver que nos habíamos quedado sin coca cola, ofreciéndonos amablemente la suya.
Para cenar fuimos a una casa de estranjis, pues un granaíno que conocimos en el autobús del mal, nos había aconsejado ir a probar la comida que allí daban y nos había pintado un plano para que pudiéramos encontrarlo. Pero no fue tarea fácil, puesto que se trataba de una casa particular, y como comprenderéis cuesta pensar que detrás de una puerta normal de una casa normal dan de cenar a los turistas. Nos costó dar el paso de tocar la puerta y preguntar si allí daban de comer, pero menos mal que lo hicimos, si no nos hubiéramos perdido el delicioso y baratísimo manjar que servían en aquella terraza íntima.
Tras llenar nuestros buches, entramos al Artex donde unos artistas de blanco hacían música afrocubana. Yo probé la canchánchara, que se trata de una bebida hecha con aguardiente, miel y no sé qué más. Allí conocimos a Tomaso, un chico italiano muy majo que iba con un señor de Burgos (si la memoria no me falla...) que estaba más interesado en cortejar a unas cubanitas que darle charla a su amigo. Viendo el percal le dijimos que se viniera con nosotros, pues Henry nos había hablado de una discoteca que estaba en una cueva, y teníamos intención de ir a verla. Así se unió a nuestra juerga y fuimos los tres (Ire ya se había retirado) a Las Cuevas. La entrada a la gruta estaba abarrotada. Empezamos a bajar más y más escaleras hasta llegar a la zona de baile. Que era una cavidad amplia y bastante alta teniendo en cuenta la altura bajo tierra en la que nos encontrábamos. Allí encontramos de nuevo a Henry, aquel chico que tan bien me cayó.
Hicimos toda la juerga que quisimos y más. Salimos de allí los tres agarrados y dando tumbos. ¡La caminata fue de guasa! No sé ni cómo llegamos a casa: entre la oscuridad de las calles y la que llevábamos encima...
Viernes, 14 de diciembre:
¡Vaya viajecito! Los asientos del bus eran más duros que una piedra, y, para no variar la tónica de los Viazules, a eso de las 4.00 de la madrugada encendieron el aire acondicionado de los cullons y allí no había quien parara de puro frío. A las 6.45 de la mañanita acabó el trayecto que había durado once incómodas e insomnes horas y cuarto. La comitiva de bienvenida nos recibió, como es habitual, con cienes de ofertas de parecida índole. Nos decidimos, claramente, por la oferta más barata.
Dejamos las cosas y desayunamos en aquella casa. Nos pusimos los biquinis y fuimos en busca de un taxista que nos llevara a la playa. ¡Por fin un día soleado caribeño! El conductor nos habló de una playita muy bonita y bastante privada. Nos convenció y allí que nos dirigimos. Lo primero que hicimos al llegar fue tomarnos una birra del chiringuito particular que teníamos allí mismo, deshacernos de la ropa que nos sobraba y sumergirnos en las cálidas y turquesas aguas de aquel mar tan alucinante. ¡Hasta el sol sonreía!
A media mañana fuimos a otra playita situada a pocos metros de distancia, porque allí había un señor que alquilaba gafas y tubos para todos los interesados en ver la barrera de coral que allí, unos metros mar adentro, existía. Así pues, nos pusimos el equipo de snorkeling, y nadamos en la dirección que nos habían dicho, con la cabecita dentro del agua y mirando la vida del fondo marino. No era el típico coral de colorines de los documentales, pero yo llegué a ver pececillos negros, azules, a rayas, con una o varias motitas, blancos, con muchos flecos... la verdad es que era super relajante y muy guay. Algo diferente y original. No sé cuanto tiempo estuvimos de allí para aquí boca abajo (tuvo que haber sido algo más de una hora), pero cuando salimos del agua estábamos muy cansados y con la espalda y la parte de atras de las patas rojas como gambas.
Volvimos al chiringuito de la otra playa a comer. De postre unos heladitos y una dulce siesta bajo una de las enormes sombrillas y el efecto tranquilizador y placentero que el sonido de las olas producía. Hasta que las moscas, sus horribles zumbidos cerca de la oreja y sus caminatas cosquilleantes sobre la piel nos desvelaron. Otro bañito para refrescarnos y prepararnos para la ingesta de cubatazos, mientras esperábamos el ocaso.
A eso de las seis tuvo lugar el maravilloso atardecer. Como no podía ser de otra manera sacamos más fotos que las que la memoria de la cámara nos permitía; pero es que la situación no requería menos. Espero que podáis disfrutar un poco de esos colores naranjas apasionantes con las fotillos que os he puesto. Impresionante. Romántico. De ensueño.
El taxista vino a buscarnos justo en el momento en que el sol ya se había acostado y nuestros amigos los jejenes empezaban a revolotearnos con ansiedad. De vuelta en la ciudad, nos duchamos, nos pusimos ocho kilos de aftersun y cenamos un delicioso pargo con su abundante guarnición. Nos costó salir de casa porque estábamos realmente destrozados. Pero hicimos el último esfuerzo del día para ir a conocer la escalinata; unas largas y no pronunciadas escaleras a un costado de la iglesia del centro del pueblo, con un rellanito en la mitad, donde se expandían un montón de mesas, un pequeño espacio para todo aquel que quisiera bailar, y un grupo de trova que amenizaba la vida nocturna. Nos pareció a los tres una fiesta muy alegre y cosmopolita; pues había gente de todos sitios y muchos trinitenses bailando juntos (incluso algunos revueltos...).
Jueves, 13 de diciembre:
Este fue un día más tranquilito. Por la mañana Ramón nos recogió y nos llevó a dar rules por la ciudad (y yo me compré unas chanclas nuevas, porque estaba lloviendo, y con ellas se podía andar por entre los charcos). Con Irene nos juntamos al mediodía para almorzar juntos.
Por la tarde visitamos el Museo del Ron (donde nos obsequiaron con un chupito), la Escalinata del Padre Pico y el Museo del Carnaval. En este último había un grupo de gente que bailaba con ritmos africanos la Danza de los Orishas, que son los dioses cubanos. Luego empezaron a sacar a gente a bailar allí en medio, y cómo no, en seguida me agarraron de la mano y me pusieron a danzar. Como no me conocía nadie me lo pasé como los indios...
Tras ver a estos individuos nos tomamos unos cubatazos en el Artex de Santiago y nos apresuramos a coger nuestros bártulos porque nos tocaba otro viaje largo que recorrer hasta Trinidad.
Miércoles, 12 de diciembre:
Alrededor de las 8.00 Irene vino a despertarnos y comunicarnos de que por la noche había caído una bien gorda. Mientras Antonio y ella se fueron a la estación a reservar el billete para la tarde, yo me quedé asobinada en la cama... aprovechando que es gerundio. Parecía ser que en la República Dominicana se había formado un huracán (que si mal no recuerdo se llamaba Olga) y azotó a Cuba por la costa donde nosotros nos encontrábamos. El mar entró en la ciudad, la tormenta subtropical arrancó antenas y nosotros seguíamos sin poder gozar del Caribe como era debido. Pero como no teníamos intención de quedarnos quietos, después de desayunar chocolate calentito, platanitos, huevos, zumo de naranja y pan con mantequilla y mermelada de guayaba, nos pusimos las chanclas (yo tuve que pedir prestadas unas a la señora de la casa...) y nos paseamos por la ciudad pisando charcos y charlando con los viejillos que se resguardaban en los estrechos soportales de los edificios.
Irene avistó una librería y como yo quería comprarme los cuentos de José Martí (uno de los grandes héroes nacionales) entramos en ella para ver lo que allí se cocía. Empezamos a observar con gran interés todo lo que exponían en aquellas estanterías y vitrinas repletas de pequeños mundos ficticios (y no tan ficticios otros). Rebosamos de alegría cuando preguntamos por el precio de los libros en venta y amablemente nos dijeron que se vendían en moneda nacional. Los ojos nos brillaron de incredulidad y no nos hizo falta más que una mirada cómplice para empezar a apilar libros a granel. ¡No salimos de allí hasta una hora más tarde con la sorprendente cantidad de 32 libros, por los que pagamos el módico precio de 9 dólares (que no llegan a los 7 euros)! Hasta ese momento no pensé en cómo iba a meter todo aquello en la mochila; ni tampoco tuve en cuenta que ya nos habían avisado de que solo podríamos facturar veinte míseros kilos... Pero la emoción del momento hizo que no me preocupase de eso hasta el momento que fuera preciso.
Después nos fuimos a pasear al Malecón. Por lo menos ya había arreciado. Las olas saltaban los muros del paseo y la mar tenía como rehén a la calle. Se veían ladrillos, trozos de piedras, arena, tierra, algas y conchas por doquier. Fue impresionante ver la fuerza del Caribe más bravo. Caminábamos alerta y con los ojos bien abiertos, con el agua hasta los tobillos y corriendo hacia altillos cuando veíamos que una ola nos iba a alcanzar.
A las 14.15 salió el bus para Santiago. Según el horario previsto debíamos llegar a nuestro puerto para las 19.05, pero con eso de que para salir de Baracoa teníamos que utilizar callejuelas (pues la carretera principal que bordeaba la costa estaba cerrada por temporal) y el vehículo se topó con más de un obstáculo; llovía a cántaros y la carretera estaba mojada; y, los conductores se traían cada trapicheo en lugares inhóspitos... llegamos con una hora de retraso. Una vez de vuelta en Santiago, cogimos un taxi que resultó ser una verdadera carraca (ya que en el corto trayecto que había hasta el hotel de Ire, se abrió la puerta de mi lado tres veces estando en marcha). Tras buscar otra casa donde quedarnos a dormir, bajamos al Meliá a cenar unas “picsas” (pizzas; a las que les faltaban la mitad de los ingredientes que venían en la carta).