



Ayer, por primera vez en mi vida, me monté en unos esquís. ¿Que si me gustó? Pues la verdad es que no demasiado. Pero bueno, os cuento desde el principio. A eso de la una vino Myles a comerse el brunch que correspondía. Nos trajo a todos unos pantalones para la nieve que compró por la mañana a veinte canadians el par, y marchando. Fuimos a recoger a Marvin a su casa y de allí hacia el hotel Le Chantecler, que es donde nos habían dicho que se compraba el pase. Luego de allí nos mandaron a otro sitio. Pero, por fin, llegamos al lugar. Alquilamos el equipo: dos snowboards para los dos chicos y unos esquís para la señorita. Salimos a las pistas y me engatusé a esos aparatos largos. Pinché los bastones en la nieve y se me empezaron a ir los esquís para atrás. Los chicos fueron en seguida a coger el telesilla para subir a la cima, y de hecho, intentaron convencerme para que me fuera con ellos... ¡Pues menos mal que no subí si no, no iba a recoger galletazos ni ná...! Sabiamente, y conociendo lo torpe que soy, hice caso omiso a sus palabras y escuché a mi cuerpo que me pedía, por favor, que no me echara por aquella cuestorra, que apenas podía sujetarme en pie en zona lisa... y empecé a intentar subir una minicuestita para tirarme poquito a poco. ¡Árdua tarea! Menos mal que me encontré con Arnaud, Mauro y Anni, que se ve que controlan más el tema y me dijeron, al menos, cómo caminar para subir la cuesta sin que me fuera para atrás cada tres pasitos. Me sentía como el caracol ese de los problemas que siempre que subía dos metros del agujero en que se cayó, descendía después tres... Bueno, conseguí llegar al tope de la cuesta (que, por cierto, no tendría más de siete metros de longitud) y estaba lista para el descenso. Tenía que poner los esquís en forma de pizza y tirar de mis rodillas hacia fuera para no coger velocidad... Bajé sin más incidentes y cogí confianza en mí misma. La segunda vez me solté un poco más y la leche que me pegué fue bonita. Al ver que aquello cogía una velocidad elevada (¡hasta los niños con sus trineos y sus plásticos me pasaban, pero a mí aquello me parecía que iba a todo trapo!) intenté frenar con los bastones. Al clavar el primero en la fría y dura nieve, automáticamente lo perdí. Con la emoción de haber perdido uno pues lancé el segundo por los aires, y acto seguido, los esquís se cruzaron uno con otro y para el suelo que me fui. Terminé a unos tres metros del primer bastón y a uno y media del segundo. Lo intenté una y otra vez, pero no hubo ni una sola vez más en la que no acabara con mi cuerpo hecho un reboltijo de ropas, esquís y frío. Hacía menos diecisiete ¡y con viento! ¡Viento que, además, levantaba la nieve de la superficie del suelo y se te metía por cualquier esquina!
Se me quitaron bastante las ganas de volver a ir. No es un deporte para mí. Lo intentaré con el patinaje sobre hielo, que aún sabiendo que me caeré muchas, muchísimas veces, algo me dice que será más sencillo. De hecho, el otro día me compré unos patines en la tienda de segunda mano, nada más y nada menos que por ¡¡¡¡CINCO canadian dolars!!!! ¿Baratito, ehh?
¡Ah! y una última reseña: ¡¡¡¡A mi compi, Antonio, le han ascendido a Project Manager!!!! A partir del lunes, mañana, le tocará hacer de jefecillo... ¡Zorionak!