¡A LO CUBANO! (6)
Foto 2: Vista desde el balcón de Diego Velázquez.
Foto 3: Calle y vehículos santiagueros.
Foto 4: Puerto Boniato.
Foto 5: Cañon en el Morro de Santiago.
Domingo, 9 de diciembre:
Los gallos del mal, la música navideña hiper-revolucionada y repetitiva procedente de las luces del árbol de navidad, los santiagueros vendiendo sus productos a gritos (¡¡ceboooooooolla!!), la señora de la casa con sus cánticos y demás sonidos de la calle nos despertaron de nuestro corto sueño. Nos sirvieron el desayuno (que empezamos a darnos cuenta de que básicamente era el mismo en todas las casas particulares, pero que no por eso dejaba de estar buenísimo) en la terraza-ático que daba a la calle. El sol ya calentaba y le daba a todo un toque estival.
Llamamos a Irene, que era una amiga de Antonio (ahora mi amiga también), que está de prácticas en Santiago, para quedar con ella. En lo que tardamos nosotros en recoger nuestras pertenencias llegó a recogernos. Cogimos cada uno una motillo (es típico por aquí que la gente vaya en sus motoretas con un par de cascos y por diez pesos cubanos hacen las veces de taxi. Se supone que es solo un servicio para cubanos, pero Ire, que ya no es una turista, se las sabe todas para gastar lo menos posible sin que te estafen, nos recomendó este medio de transporte) y volvimos a encontrarnos en la dirección donde habíamos quedado. Íbamos a dejar las mochilas en la casa que Irene había reservado para nosotros, pero tocamos la puerta y no contestó nadie, por lo que decidimos dejarlas en el hotel donde se hospeda ella. Desde allí cogimos la guagua que nos condujo al centro de la ciudad. Visitamos el balcón de Diego Velázquez, un mirador desde el cual se ven todos los tejados hasta que llega a la mar; la Casa del Ron, donde naturalemente probé un Habana 7 años, que aún no siendo el más viejo, para tomarlo solo me habían dicho que era uno de los mejores; y nos pateamos las callejuelas céntricas.
Se ve una ciudad más pequeña que La Habana y tiene cuestas hacia arriba y hacia abajo (como es de esperar... ¡solo digo!), en comparación con la otra que es más llanita. En los suelos quedan unas vías, por las que un día se pensó que pasara un tranvía, y que nunca llegaron a ser usadas. A la hora de comer Irene nos llevó a casa de Libia, que es una señora que hace comidas para sus conocidos, y esta nos preparó unos camarones enchilados, con arroz, ensalada de berza y boniatos fritos. Comimos como reyes.
Una vez recompuestas nuestras fuerzas nos acercamos a la plaza Céspedes para luchar y regatear con los taxistas: a ver cuál de ellos nos iba a acompañar esa tarde hasta Puerto Boniato y al Morro de Santiago. Visto que allí no nos hacían ninguna oferta interesante caminamos hasta otra plazuela que no estaba muy lejos de aquel lugar. Encontramos a un chico que nos llevaría a hacer la ruta por 18 CUC, que nada más montarnos en el taxi y decirle que nos tendría que esperar en los sitios a que nosotros diéramos una vueltecilla por los alrededores, cambio de idea y nos dejó el viaje a 24 CUC. En esta isla quien no corre, vuela. ¡Y además, todo lo que corre, nada o vuela a la cazuela! ¡jeje! La primera parada, Puerto Boniato, fue impresionante. Un paseo muy romántico: desde allí arriba pudimos divisar todas las sierras que rodean la ciudad, el mar Caribe al fondo y un maravilloso atardecer. También vimos la Prisión de Boniato, situado a los pies del puerto en que nos encontrábamos. Volvimos al lugar donde nos había dejado el taxista y allí estaba él con la música pachanguera que se podía escuchar a ún kilómetro a la redonda. Nos montamos en el carro y nos pusimos rumbo al Morro. Para cuando llegamos, el solecito ya se había puesto, pero el color del horizonte no dejaba de ser apasionante. Nos habían dicho que solían echar un cañonazo en el momento del ocaso, pero nosotros llegamos para ver la humareda saliendo de la boca del cañón... sacamos fotos al cielo y al mar multicolores, y a la preciosa costa que desde allí se veía; e imáginamos una vez más, cómo hubiera sido aquella fortificación cuando hubieron avistado algún barco pirata, o cuando tuvo lugar la guerra hispano-americana...
De allí volvimos a la ciudad. Al final, el taxista nos lo dejó todo por 21 CUC por habernos perdido el cañonazo... ¡jeje! Nos apeamos en el Hotel Birret y llamamos a la casa donde supuestamente nos íbamos a quedar, pero ya la habían cogido otros turistas... Bueno, no nos costó nada encontrar otra casa en las cercanías: la casa de Elvira. Nos duchamos y descansamos un ratito antes de volver a salir.
Cenamos pollo grillé en Las Columnitas. Un restaurante pequeñito. Un pollo que más que a la brasa estaba frito, acompañado por la típica ensalada de berza y alguna rodaja de tomate. Después, nos fuimos de marcha a la Casa de la Trova. Aquí conocimos a Ramón, el novio de Irene, que es profesor de salsa, muy guapo y se mueve que te sale la babita. Se trata de un bar situado en la segunda planta de un edificio grande, con un balcón alargado que da a al calle, con todo el techo y el suelo de madera, un montón de mesas, una tarima al fondo alojando a un grupo que ambientaba el lugar con música cubana y una zona de baile justo en frente. El lugar estaba lleno de santiagueros y de turistas; todos bailando juntos y tomando para celebrarlo. Vimos a un montón de gente que había viajado hasta allí en en mismo bus del mal que nosotros el día anterior. Nuestras sonrisas de satisfacción por haber alcanzado nuestra meta y de felicidad cubatil, lo decía todo. Cuando nos empezamos a sentir un poco más sueltos para el arte del baile, Ramón nos dio una clase de salsa básica para debutantes y nos lo pasamos bomba. ¡Incluso Antonio bailó! La gente que lo conoce sabrá porque hago el comentario... ¡jeje!


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