¡A LO CUBANO! (12)
Foto 1 y 2: Calle, plaza y vida en Trinidad.
Foto 3: Playa de Ancón.
Foto 4: Momentos para no olvidar.
Foto 5: Atardeceres...
Sábado sabadete, 15 de diciembre:
Aprovechamos la mañana para pasearnos por el pueblo y conocer sus calles y plazas. Trinidad es un pueblo de casas no muy altas. Las viejas calles no están asfaltadas, sino empedradas o, simplemente, embarradas. Llama mucho la atención de los turistas el hecho de que caminando por sus calles de noche se ve el cielo; consecuencia de que no hay farolas y todo está oscuro. Los guajiros que cabalgan de un lado para otro. En cualquier esquina grupos de hombres y muchachos jugando ruidosamente al dominó. Un pueblo verdaderamente acogedor y bonito.
Después de almorzar, nos pusimos el equipo playero y nos fuimos a la playa de Ancón. Una playa muy grande y mucho más “turistificada” que la que visitamos ayer. La arena es muy muy fina y blanca, y no hay nada de roca en la orilla. Se nos fue la tarde entre baños, cubatazos y una agradable charla con Henry, un chico rastas que se nos acercó al ver que nos habíamos quedado sin coca cola, ofreciéndonos amablemente la suya.
Para cenar fuimos a una casa de estranjis, pues un granaíno que conocimos en el autobús del mal, nos había aconsejado ir a probar la comida que allí daban y nos había pintado un plano para que pudiéramos encontrarlo. Pero no fue tarea fácil, puesto que se trataba de una casa particular, y como comprenderéis cuesta pensar que detrás de una puerta normal de una casa normal dan de cenar a los turistas. Nos costó dar el paso de tocar la puerta y preguntar si allí daban de comer, pero menos mal que lo hicimos, si no nos hubiéramos perdido el delicioso y baratísimo manjar que servían en aquella terraza íntima.
Tras llenar nuestros buches, entramos al Artex donde unos artistas de blanco hacían música afrocubana. Yo probé la canchánchara, que se trata de una bebida hecha con aguardiente, miel y no sé qué más. Allí conocimos a Tomaso, un chico italiano muy majo que iba con un señor de Burgos (si la memoria no me falla...) que estaba más interesado en cortejar a unas cubanitas que darle charla a su amigo. Viendo el percal le dijimos que se viniera con nosotros, pues Henry nos había hablado de una discoteca que estaba en una cueva, y teníamos intención de ir a verla. Así se unió a nuestra juerga y fuimos los tres (Ire ya se había retirado) a Las Cuevas. La entrada a la gruta estaba abarrotada. Empezamos a bajar más y más escaleras hasta llegar a la zona de baile. Que era una cavidad amplia y bastante alta teniendo en cuenta la altura bajo tierra en la que nos encontrábamos. Allí encontramos de nuevo a Henry, aquel chico que tan bien me cayó.
Hicimos toda la juerga que quisimos y más. Salimos de allí los tres agarrados y dando tumbos. ¡La caminata fue de guasa! No sé ni cómo llegamos a casa: entre la oscuridad de las calles y la que llevábamos encima...


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