ONGIETORRIA ELORRIXORA
Fotos 1 y 2: Familia y amigos esperándome en el aeropuerto.
Foto 3: El abracito de mi ama.
Fotos 4 y 5: Con mis chicas de parranda... ¿qué es eso del jet-lag?
Sábado, 22 de diciembre:
El viaje de vuelta parecía que no iba a terminar nunca: fue largo e incómodo. Pero por fin aterrizamos en Madrid a la una del mediodía. Entramos en una terminal y tuvimos que coger el metro, no sé cuántos ascensores y caminar no sé cuántos kilómetros hasta llegar a la terminal donde cada cual volaría separadamente hacia su casa. Mientras esperábamos, nos comimos un bocadillo de jamón serrano (¡maravilla de la ciencia!) y llamamos a nuestras respectivas familias para decir que ya estábamos en los madriles y que en seguida saldrían nuestros vuelos hacia ellas.
Mi ama respondió al teléfono con un “bazauz ia Madrilen?” (¿ya estás en Madrid?) antes de yo decir nada, y la mano con la que sujetaba el auricular me tembló de alegría, de estar ya tan cerquita de ella. Seguimos charlando y escuché a mi hermana que por detrás estaba chillando “Ama, esaiozu loterixia tokau zakula!” (¡Ama, dile que nos ha tocau la lotería!), y yo, incrédula, le pregunté a ver qué era lo que estaba diciendo Ane. “Sí, majita, yo ya sabía que este año ibas a llegar con el gordo debajo del brazo”. Yo estaba flipando. Me contaron que tocó el gordo en la sociedad de mi aita y que nos llevábamos un buen pellizco. Yo, ya no cabía en mí de todas las sensaciones que se me agolpaban en el alma.
De todas formas, si os digo la verdad, a la larga, me he dado cuenta de que no me hizo toda la ilusión que me tuvo que haber causado aquel suceso tan inusitado, por el simple hecho de que la emoción de volver a mi tierra dejaba a todo lo demás por el suelo, sin importancia, era algo secundario: una buena noticia, sí, pero totalmente secundario.
Cuando llegó la hora de embarque, Antonio y yo nos dijimos hasta la próxima y tomamos cada cual su camino. Desde el momento que llegué a Sainte Adèle, hacía 19 meses, había compartido con él un montón aventuras, buenos momentos y nuestros enfados... si alguien invitaba a uno de los dos, sabía que, automáticamente, ambos íbamos en el mismo lote. En fin, he encontrado en él un gran amigo.
En la cola de embarque ya empecé a sentirme entre mi gente... pues vi a una cuadrilla de señores a los que no me costaba imaginar con un txikito en la mano, y gente joven, supongo que como a mí, a la que se le nota desde leguas que son euskaldunes. De hecho me entró en la cabeza la paranoya de que algunos de los que formaban la cuadrilla trabajaba en la tele, porque alguna cara se me hacía conocida. La casualidad hizo que en el avión me tocara sentarme al lado de uno de ellos. Y yo comencé la charla. Cuando supo que era de Elorrio, me dijo “¡mira! ¡como Txirri! ¿no le conoces a ese de ahí? También él es elorriano”. ¡Acabáramos! Fue por eso que algo se me hacía familiar.
Total, aterricé en Bilbo pasadas las cinco de la tarde. Cuando salí del avión note que unas lágrimas de felicidad luchaban por salir; ya estaba en casa. Sin embargo, me contuve. Bajé las escaleras hacia la zona donde se recogen las maletas y frente a la cual hay una inmensa cristalera desde donde quienquiera que vaya a recoger al que llega puede tener un primer contacto visual. En seguida reconocí a mi ama, mi aita y Ane. Me saludaban con las manos y las primeras lágrimas recorrieron mis mejillas. Luego también observé que mi tía Marivi estaba allí, y creo recordar que Aroa también.
Recogí las maletas y salí de allí con el corazón en la boca. Una vez fuera, a la primera que vi, fue a mi ama... nos abrazamos y lloré. Solo de rememorar el momento, me vuelven a brotar las lagrimillas... ¡Qué bien se estaba allí! Después vi a Ane y a mi aita. Yo no podía dejar de llorar. Por mucho que me secara los ojos, el simple hecho de saberme en mi familia, hacía que se me humedecieran de nuevo. Saludé a mi tía Marivi, a Aroa, a mi tía Arrate y a Matxalen, la chiquitina de las Zubiaga... ¡Qué alegría! ¡Tanta gente esperando a que llegara!
Y me esperaba aún una sorpresa más grande. Detrás de toda la gente a la que ya había saludado estaban Maider, Oihana y Eneritz sujetando un cartel que decía “ITSASONTZI BATEN NARAMATE KANADATIK ELORRIXORA. ONGIETORRI!” y Jose de fotógrafo. Aquello sí que no me lo esperaba. Allí estaban mis amigas y amigo mirando con gesto de preocupación por las lágrimas que no dejaban de brotar de mis ojos y sin saber qué decir, pregúntandome que qué tal estaba, y aún teniendo inmensas ganas de estar conmigo de inmediato, diciéndome “lasai, egon familixiaz, gero egongo ga ta” (tranquila, estate con la familia, que luego ya estaremos). Recogí el cartel y me metí en el coche de mi aita.
De camino a Elorrio, les conté a los tres algunas de mis aventuras caribeñas y ellos me iban poniendo al día. No me entraba en la cabeza que hubiera estado casi dos años sin haberlos visto. Y, de repente, me sentí protegida, y me hice más pequeña. Pero estaba infinitamente feliz de estar, por fin, de vuelta en casa.
Para cenar aita hizo un revuelto de hongos que se caga la perra, de esos que no había probado en tan largo periodo, ¡hecho con huevos de la txabola! Ongietorri a la cocina de Lontxo.
Después de saciar el hambre, Ane, Txabi y yo bajamos a la plaza para juntarnos con Mai, Oiha, Ene, Jose e Iñaki. Hicimos tiempo bebiendo San Migueles y Kalimotxos mientras estos cenaban y, como no podía ser de otra manera, empezamos con el poteo. Nos reímos y nos abrazamos, intentado recuperar todo el tiempo que no habíamos estado juntas, y bailamos y charlamos hasta que casi se hizo de día. La verdad, es que entre todas no somos capaces de hacer un hilo de acontecimientos que siguieron aquella noche. Eso sí, disfrutamos juntas como no lo habíamos hecho hacia muuuucho tiempo.
Y, en fin, pasaron las Navidades, llegó el nuevo año, y aquí estoy, sintiédome cada día más feliz y más agusto. Haciendo mi huequito en este pueblo que dejé por razones variopintas hace ya ocho años. Se dice pronto. Pero, si os digo la verdad, no me está costando nada, va todo suave como la mantequilla. Y, todo, gracias a la familia que me mima, y mis amigas que me lo han querido dar todo con sus gestos y palabras.
¡Qué suerte de vida que tengo!


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